De lahmadas y lagos
Trip Start
Dec 28, 2009
1
8
11
Trip End
Jan 03, 2010
Será que la reducida humedad ambiental favorece la eliminación del alcohol o que la visión del sol inundando el desierto dilata los sentidos por encima de cualquier resaca, pero la temprana mañana del 1 de enero amanece sonriente como nosotros. Por desgracia, tras el desayuno, abandonamos erg Chegaga para dejar las dunas e internarnos en el desierto pedrogoso, vasto y requemado, exento de puntos de referencia que nos indiquen dónde estamos y a dónde vamos, surcado de caminos abiertos por turistas irresponsables que se entrecruzan una y otra vez, como una inabarcable autovía de mil y un carriles. La cercanía del lago Iriki se vislumbra gracias a que el número de piedras ennegrecidas por el despiadado sol va disminuyendo.
¿Por que se le llama lago? pues porque lo fue hasta hace bien poco. El lago Iriki era donde iba a morir el río Draa, al menos en su cauce superficial, ya que sigue su transcurso subterráneamente hasta desembocar en el Atlántico. En la estación lluviosa era una zona empantanada de agua salobre que se secaba en verano. Tras la construcción de la presa de Ouarzazate, el caudal del río Draa disminuyó y hoy muere entre las poblaciones de Zagora y Tagounite, dependiendo de la pluviosidad del año. Así el lago Iriki dejó de ser una zona pantanosa para convertirse en una sebka o chott.
La impresión que siente el viajero al encontrarse en ese paraje es de libertad. A excepción de al norte, donde te encuentras el Jbel Beni, mires a donde mires la vista se te pierde en un horizonte absolutamente plano. El suelo es de arena endurecida con una fina capa de sal procedente de la desecación del lago, aunque han proliferado pequeños campos de dunas en continuo movimiento por su superficie.
En esta zona es fácil encontrarse con pequeñas bandadas de gangas y ubaras, aves esteparias, hermanas pequeñas de nuestras avutardas, y que gracias a su plumaje, se camuflan perfectamente en estos parajes. Si se gusta de la observación de aves, es fácil contemplar al gorrión sahariano, al escribano sahariano, el alcaudón real (que utiliza las espinas de las escasas acacias como despensa), y diversas clases de collalbas. Pasado el Iriki y justo debajo de una construcción en un cerro al norte la pista nuevamente se separa en varias, que convergen en las estribaciones de Foum Zguid, nuestro primer contacto con el asfalto tras casi 200 kilómetros de arena y piedras.
El camino de vuelta a Marrakech se torna algo aburrido. La parada en Tazenakht nos permite disfrutar de la original artesanía imazhigen en materia de alfombras, recordar el tedioso regateo y disfrutar de un almuerzo a base del consabido tajine, del que comenzamos a percibir las diferencias de textura y condimantación, y las deliciosas mandarinas.
¿Por que se le llama lago? pues porque lo fue hasta hace bien poco. El lago Iriki era donde iba a morir el río Draa, al menos en su cauce superficial, ya que sigue su transcurso subterráneamente hasta desembocar en el Atlántico. En la estación lluviosa era una zona empantanada de agua salobre que se secaba en verano. Tras la construcción de la presa de Ouarzazate, el caudal del río Draa disminuyó y hoy muere entre las poblaciones de Zagora y Tagounite, dependiendo de la pluviosidad del año. Así el lago Iriki dejó de ser una zona pantanosa para convertirse en una sebka o chott.
La impresión que siente el viajero al encontrarse en ese paraje es de libertad. A excepción de al norte, donde te encuentras el Jbel Beni, mires a donde mires la vista se te pierde en un horizonte absolutamente plano. El suelo es de arena endurecida con una fina capa de sal procedente de la desecación del lago, aunque han proliferado pequeños campos de dunas en continuo movimiento por su superficie.
En esta zona es fácil encontrarse con pequeñas bandadas de gangas y ubaras, aves esteparias, hermanas pequeñas de nuestras avutardas, y que gracias a su plumaje, se camuflan perfectamente en estos parajes. Si se gusta de la observación de aves, es fácil contemplar al gorrión sahariano, al escribano sahariano, el alcaudón real (que utiliza las espinas de las escasas acacias como despensa), y diversas clases de collalbas. Pasado el Iriki y justo debajo de una construcción en un cerro al norte la pista nuevamente se separa en varias, que convergen en las estribaciones de Foum Zguid, nuestro primer contacto con el asfalto tras casi 200 kilómetros de arena y piedras.
El camino de vuelta a Marrakech se torna algo aburrido. La parada en Tazenakht nos permite disfrutar de la original artesanía imazhigen en materia de alfombras, recordar el tedioso regateo y disfrutar de un almuerzo a base del consabido tajine, del que comenzamos a percibir las diferencias de textura y condimantación, y las deliciosas mandarinas.


