Día 10: San Francisco, Muir Woods y Napa

Trip Start Apr 14, 2011
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Trip End Apr 26, 2011


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Flag of United States  , California
Saturday, April 23, 2011

"Esta vez el desayuno ha sobrepasado las 800 calorías y el colesterol ha subido dos dígitos. En una berlina, blanca para más señas, seguimos la calle Lombard hacia el Este de San Francisco en una mañana fría t nublada y pasando por el barrio de casitas bajas no victorianaas,  la Marina, llegamos hasta el Parking del Golden Ga te Bridge, de color rojo siena. Tiene una altura de ás de 200 metros. Lo diseñó el ingeniero Strauss. Lo cruzamos. Los mayores no podemos menos que recordar a algún candidato a suicida agarrado a alguno de sus numerosos tirantes. Cosas del cine. Vamos hacia Sausalito. Allí se respira un alto nivel de vida, veleros, chalets colgados de las verdes y frondosas laderas, todo muy cuidado, boutiques de marcas, terapias alternativas. Subimos la colina y torcemos hacia el Pacífico. La carretera, muy estrecha,  serpentea entre tupidos árboles y nos lleva al Parque Nacional de Muir, más connocido por el Bosque de las Sequoyas.
Como en todo San Francisco allí también está presente la huella española. Fue un misionero español quien lo pisó primero lo menciona en sus escritos  describiendo a las sequoias como árboles de corteza roja y mucho más altos que otras especies conocidas.. Pero el bosque lleva el nombre de Muir, el naturalista que lo descubrió. Es sábado y el parque está muy concurrido pero sin agobios ni pérdida de paz. El paseo por el posque está señalizado y un riachuelo corre por su centro. Las secuoias son altísimas, muy elegantes. El ambiente es fresco, sereno. Da gusto caminar y pasar junto a las "catedrales que forman las copas de los árboles. Los troncos y ramas están cubierto de musgo y sobre el suelo húmedo solo crecen algunos líquenes y helechos, estos últimos bastante ralos, con pocas hojas muy anchas que se elvan hacia el cielo buscando algún rayo de sol. A mí se me cruza rauda un ardilla, y la familia Sanchez que viene algo más rezagada – no porque hayamos regañado, no seáis mal pensados, sino porque la fotógrafa se para cada dos por tres por tanta cosa bonita que hay para retratar – se recrea viendo a un cervatillo pastar tranquilamente a su lado. El paseo ha durado una hora, una hora reconfortante para el cuerpo, el espíritu y la imaginación. En una caseta ad hoc tomamos un bocado bajo la mirada voraz de dos pequeñas ardillas, con traje a rayas como los de los presidiarios, pero esta vez en color verde. No las podemos alimentar bajo multa severa. Echar basuras en lugares no señalados a tal efecto merece una sanción entre 500 y 1000 dólares. Esto me hace pensar si es el miedo y no la buena educación la que mueve a los americanos en su comportamiento tan cívico.

De nuevo en el coche, bajamos hasta el nivel del mar por una carretera muy sinuosa bordeada de colinas de un verde brillante con algunos manchones de flores amarillas, blancas y azuladas esparcidos acá y allá. Volviendo a la geografía española, recuerda a Galicia. Volvemos a tomar la N.1 hacia el Norte y pasamos pueblos con nombres españoles. Desaparecen las colinas. Estamos en el condado de Sonoma, con un paisaje de marismas y montañas azules a lo lejos. Paramos en Vallejo para hacerme una foto en mi pueblo, y seguimos hasta el valle de Napa, famoso por sus vinos. Los mayores estamos esperando ver salir de un momento a otro a Angela Channing y los amantes de 5 hermanos a alguien de la familia para ir a cenar en alguno de sus cuidados restaurantes o hoteles. Todo está cuidadísimo, las terrazas te invitan a sentarte. Hay una boda. Pijo, pijo, por favor.

Volvemos a San Francisco pasando de nuevo por el Golden Gate, anuque esta vez más lentamente porque hay peaje de entrada a la ciudad y se ha formado un considerable atasco. Antes de ir al hotel, subimos y bajamos por el tobogán de la empinada Russian Hill. El conductor de la berlina exclamó: "¡¿Tengo que bajar por ahí?!" y ¡bajamos!. Los niños se quedan un rato en el hotel con sus ordenadores y los adultos vamos a admirar y escuchar los berridos de los leones marinos en el Pier 39. ¡Qué paradojas!

Es sábado noche y la gente está en la calle. Como premio para el osado conductor, le espera una deliciosa langosta en un restaurante con vistas al Fisherman's Wharf.



Hemos pasado un buen día. Nos va a dar pena dejar San Francisco...."

La Abuela


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