Día 7: Tusayan-Las Vegas

Trip Start Apr 14, 2011
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Trip End Apr 26, 2011


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Where I stayed

Flag of United States  , Nevada
Wednesday, April 20, 2011

"Salimos de Tusayan después de un abundante desayuno americano: bacon, tortilla rellena de crema de cacahuete, scones, zumos, cereales, café muy clarito y unas tortitas recién hechas que eran escupidas por un máquina ad hoc a la manera de los fax cuando despiden las hojas impresas. Último destino Las Vegas. Diremos que hoy ha sido el día de la América profunda y del paisaje artificial. Una carretera comarcal de alta montaña nos conduce entre pinadas hasta la N-40, la autovía que une Alburquerque a Los Ángeles. El paisaje es agradable y el día magnífico. Las dimensiones nos superan. Grandes extensiones de monte bajo a ambos lados de la autopista, que dejamos para tomar una carretera hacia Seligman, pequeño pueblo, centro histórico de Arizona. Es una calle con algunos comercios y restaurantes. Un poco más alejadas de la carretera casas humildes diseminadas acá y allá. No se ven cultivos ni ganado. Estas tierras están poco pobladas y la población no forma núcleos urbanos. Nos ha llamado la atención unos buzones colgados en hilera en una gasolinera a donde deben acudir los habitantes de la zona a recoger su correo.

En Seligman, en plena ruta 66, comemos en Copper Cart, bar típico mejicano de una decoración top kitch. La dueña amabilísima y la comida muy buena, burritos, tamales y tanques de pepsicola. Todo muy verdad. Seguimos la ruta entre grandes llanuras y montañas al fondo. Moteros, casas aisladas, bares, la América profunda. Llegamos al desierto de Mohave, uno de los más secos del mundo. Las arenas se tornan más blancas, los matojos ponen una pincelada de color al estar verdeando en primavera. La vía del tren corre paralela a la carretera y pasan varios trenes mercancías con cientos de vagones cada uno. Aquí todo es grande. La carretera es tan recta y tan larga que conducir resulta aburrido sobre todo en un coche automático. 

Nos paramos en la presa de Hoover, una de las más grandes del mundo, en donde unos cuantos obreros perdieron la vida para dársela al desierto de Arizona. Me dicen que la altura es impresionante. También tiene una zona de recreo. Hay mucho visitante. Nos tomamos un helado y seguimos hacia Las Vegas. A unos cuarenta kilómetros el paisaje vuelve a cambiar. Al fondo está el desierto seco y arenoso, pero a ambos lados de la autovía que hemos retomado crecen palmeras californianas, que deben ser símbolo de bienestar, y se levantan villas elegantes. El tráfico se espesa y aparecen los primeros semáforos. Y vuelven los deportivos descapotables. Llegamos a Las Vegas. Benidorm debe de estar muerta de envidia. Tomamos la calle principal: la Plaza de San Marcos de Venecia, El coliseo y el odeón romanos, la torre Eiffel, el hotel en donde estamos alojados. Muchas capillas bajitas para bodas express junto a los grandes rascacielos. Mucho dorado, mucho rosa, mucha purpurina. Las gentes pasean por la calle y entran a ver el espectáculo de las recepciones de los grandes hoteles. Este no es el kitch de la América profunda, es el kitsch de la mano del hombre que ha levantado un emporio en medio del desierto. También aquí todo es enorme. Estoy escribiendo estas líneas desde mi habitación en el piso 16 del hotel París-Las Vegas, a donde he llegado después de atravesar Versalles, la Tour Eiffel, Les Champs Elysées y kilómetros y kilómetros de moqueta. Es todo un mundo del que no tienes necesidad de salir. Y que da trabajo a miles de personas. ¡Qué gran ocasión se ha perdido Los Monegros!

Dicen que la noche puede con todo y ese es el caso de Las Vegas. Las fachadas iluminadas, los juegos de luces, las fuentes dan otro aspecto a la ciudad, que no obstante sigue siendo un Benidorm pero a lo grande. El strip está lleno. Un predicador vocea la salvación en la Ciudad del Pecado, mayores, jóvenes, niños pasean por la gran avenida llena de coches, con puentes sobre ella para que los peatones puedan atravesar en un tiempo razonable. Nosotros atravesamos por uno de ellos hasta el Hotel Bellagio, uno de los más lujosos más antiguos de la ciudad. Dentro,  domina el buen gusto en la decoración y su hall está bordeado por tiendas de lujo, Fendi, Bottega Benega, Cartier...etc. En su exterior hay un espectáculo de fuentes que bailan al son de la música, original e impactante, que contemplamos en primera fila. Luego una cena en la Factory of Sugar, agradable y bien atendido. Llama la atención que los encargados son torres cuadradas, como si hicieran falta matones. La tienda de dulces que tiene adosada tiene sus productos muy bien presentados. Y de nuevo un viajecito a través de los principales monumentos de París para llegar a nuestras habitaciones en la planta 16. Merece la pena haber venido a Las Vegas porque es algo único, te guste o no te guste."

La Abuela
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