Choquequirao

Trip Start Mar 15, 2011
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Trip End Apr 26, 2011


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Flag of Peru  , Cusco,
Friday, March 25, 2011

De la carretera Cusco-Abancay sale un desvío al pueblo de Cachora, punto de partida para la caminata hacia las ruinas incas de Choquequirao. No habíamos planeado nada, pero queríamos visitar estas ruinas que no muchos han tenido el privilegio de ver y nos lanzamos. Felizmente en Cachora encontramos a Gumercindo, arriero/guía que se ofreció para mostrarnos el camino.

El primer día nosotros mismos cargamos nuestras mochilas. El camino era plano y después en bajada. Está fácil esto, dijimos. Después de 19 km llegamos a Chiquisca, campamento con todos los servicios donde pusimos la carpa para pasar la primera noche. Unos hombres estaban exprimiendo caña de azúcar con la ayuda de un molino hecho de madera y una mula para hacer chicha.

El segundo día íbamos a llegar a Choquequirao y nos tocaba salir muy temprano. Gumer nos levantó a las 5, tomamos desayuno y seguimos el camino. En el km. 21 se cruza el Río Apurímac por un puente para empezar la subida a las ruinas. Cabe mencionar que este puente está a 1400 msnm, mientras que las ruinas están a unos 3000 msnsm. En otras palabras, en los siguientes 11 km íbamos a tener que subir 1600 metros de montaña. Empezamos con fuerzas, pero se nos agotaron rápido en esa pendiente sin fin. Las piernas ardían, faltaba el aliento y la subida zigzagueante parecía no acabar nunca.

Finalmente, como a la 1 de la tarde, llegamos a Marampata, último poblado antes de las ruinas. Gumer había llegado hace dos horas y nos organizó un almuerzo de lujo: arroz con huevo frito y papas fritas. Max y yo nos tiramos por ahí, muertos. Después de un necesario descanso de una hora y media salimos hacia la ciudadela que quedaba 4 km más adelante. Gumer nos había dicho que el camino era plano, lo cual iba a ser un gran alivio para nuestras piernas que no habían visto terreno plano desde las 7 de la mañana. ¿Plano? El camino fue todo menos eso. Subía, bajaba, pero sobre todo seguía subiendo. Creo que la única razón por la que no nos rendimos fue que ya estábamos tan cerca del final, y que si habíamos llegado hasta ahí ya no tocaba otra que seguir.

Al fin llegamos, como a las 3, y ya la vista desde arriba justificó todo el esfuerzo. Se veía el cañón del Río Apurímac por kilómetros, rodeado de abismos empinadísimos que terminaban en nevados que deben llegar a los 6 mil metros. Los incas estaban dementes, pensé. Habían construido esta ciudadela en una montaña a la que era tan complicado subir, juntando piedras que pesaban toneladas. Se dice que Choquequirao fue el último punto de resistencia de los incas frente a los españoles, lo cual puede explicar su remota ubicación.

Aparte de los trabajadores de mantenimiento éramos los únicos en el sitio. A las 4 y media enrumbamos de vuelta a Marampata, donde íbamos a pasar la segunda noche. Armamos la carpa en una de las casas del poblado, entre unos mil patos, gallinas, chanchos, perros, gatos y cuyes que daban vueltas alrededor de nosotros.

El tercer día nos tocaba el regreso por el mismo camino, empezando por la subida del infierno, solo que esta vez de bajada, que fue bastante más fácil. Íbamos a parar en medio camino para acampar, pero como quedaba luz del día decidimos seguir hasta para tener un camino más corto el último día. Llegamos a una casa inhabitada, nos cocinamos fideos con atún y nos tiramos a dormir en el piso de cemento, hechos trizas. Creo que los dos estábamos felices terminar la caminata pronto y poder volver a ducharnos y dormir en una cama. La mañana siguiente nos despertamos a las 5 y salimos para terminar los últimos 10 km de vuelta al pueblo. En este trayecto Gumer nos tuvo entretenidos contándonos todo sobre su religión, ya que resulta que el hombre era seguidor de Ezequiel Ataucusi, quien aún no resucita.

Llegamos aliviados y cansados a Cachora, con las piernas hechas puré y con ganas de ya llegar al Cusco. Hicimos este viaje en unas 3 horas y finalmente arribamos a la casa del gran Bryan Vega, que generosamente nos había ofrecido alojarnos en su casa. Su mamá, que también estaba de visita, nos preparó un almuerzo increíble que nos devolvió todas las fuerzas. Después de una siesta estábamos listos para empezar a conocer el Cusco, la legendaria ciudad de los incas. Para mi era la primera vez, Max ya había venido una vez antes. 
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