Galería Pushkin como alternativa al humo

Trip Start Aug 02, 2010
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Trip End Aug 13, 2010


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Flag of Russia  , Moscow,
Saturday, August 7, 2010

El humo continúa ahogando la ciudad. Miguel tenía programadas unas salidas a sitios al aire libre que tendremos que dejar para mejor ocasión, cuando el aire ya no esté preso de todas estas toxinas que al parecer están duplicando los niveles de mortandad de la ciudad. De todo esto me estoy enterando a través de la prensa extranjera. La local no la entiendo y, aunque hay un par de publicaciones en inglés, la opacidad informativa es patente. Ayer encendí la tele y, entre todo el blablablá eslavo, se veían continuamente imágenes de Putin en acción, enfadado con no se sabe quién. Sólo deseo que en San Petersburgo la situación sea distinta y los incendios no afecten aquella zona. Según las informaciones que he podido manejar, allí el clima es otro, y aunque también hace calor, la gente al menos puede respirar. Menos mal que este es nuestro último día aquí. Una de las veces en las que mi iphone ha pillado wifi he podido leer que las embajadas de algunos países están pensando seriamente si evacuar a su personal. Eso es grave. A pesar del ambiente de película apocalíptica que hay, es increíble la forma que tiene la gente de aferrarse a la rutina. Lejos están esas escenas de pánico colectivo que Hollywood nos regalaría con un marco similar.

Esta niebla de monóxido de carbono nos obliga al exilio de otro museo más, en este caso la Galería Pushkin, que exhibe pinturas de artistas europeos y americanos de los siglos XIX y XX, y que a la postre ha resultado ser una gran galería para nuestro gusto. Muy agradecidos al humo de Moscú habremos de estar.

El problema lo hemos tenido al finalizar esa visita que, por supuesto, hemos alargado todo lo que nuestro estómago ha resistido sin llevarse un bocado. Ante la paupérrima oferta de la cafetería del museo (estos rusos no terminan de aprender a vender), nos hemos visto obligados a enfrentarnos al ambiente de purgatorio del exterior. Hemos vuelto a la calle Arbat. Qué diferencia con respecto a hace un par de días. Entre la neblina irrespirable la gente deambulaba como si tal cosa, como si actuando con normalidad se pudiera obrar el milagro de que todo el humo desapareciera. Entre cafetería y cafetería hemos estado hasta nuestra última etapa en la capital rusa: la estación de Leningrado, que bien podría haberse llamado la estación de los Cien Grados, que eran los que se sentían al entrar a las diez de la noche. De aire acondicionado, nada de nada. El resto de la narración la dejo para el siguiente capítulo.
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