Cap. 16 PEKIN. UNA CIUDAD CON MAYUSCULAS.

Trip Start Oct 14, 2009
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Flag of China  , Beijing,
Monday, February 15, 2010

Los pobres no habían aterrizado y ya los estaba montando en otro avión. Después de 23 horas de vuelo en tres aeronaves diferentes sin tiempo para sufrir el jet lag nos encontrábamos a 8.000 metros de altura dirección a la capital del reino. Pekín.

Dos años después volvía a la ciudad China que más cariño tenía, que tantos buenos momentos y amigos me había dado esta capital mayúscula. Porque PEKIN la debo escribir con mayúsculas. Volvería a saludar templos visitados, a caminar por aceras pateadas pero estaba tan orgulloso de China que quería enseñársela a mis amigos. Y lo mejor de todo, me iba a reencontrar con personas que no esperaba volver a ver en mucho tiempo. Realmente era un momento en el que me sentía afortunado.

Las diez de la mañana cuando aterrizaba nuestro avión y un cielo azul como nunca visto en Guangzhou nos daba los buenos días. Rápido nos montamos en el taxi sin dar opción a timo por supuesto. Ya son muchos taxis en este país como para que me engañen como a un turista.

En una hora estaríamos en el albergue. En pleno corazón de Beijing. Había reservado un albergue digno para la ocasión, no podía ser menos. Peking Internationa Hostel. Regentado por una familia que cuidaba al milímetro el detalle y te hacía sentir mejor que en tu propia casa. Acondicionado en una antigua y típica casa China (houton como así se las conoce) en la cual había un acogedor salón de lectura, comedor y bar que hacia las delicias de los mas bohemios. Todos los días cambiaban las flores que impregnaban la estancia de un agradable aroma. Un cuidado patio con su jardín zen y alrededor se encontraban no más de siete habitaciones propias de la mejor posada. En resumen el mejor albergue que jamás he conocido. Y mejor no os digo el precio porque os vais a reír.

Allí fue el primer reencuentro. Zhao Lin (una de las dos compañeras de piso que tuve en Pamplona el ultimo año. Me convertí en un padrino para ellas cuando llegaron a Europa). Hizo un esfuerzo enorme por venir desde Liaocheng y estar ese fin de semana con nosotros. Y no era un reencuentro solo conmigo ya que a Sara, David y a Nacho también los conocía. Había venido con un amigo suyo también de Liaocheng. Slatar (menudo nombre). Como lucía el sol en Pekín.

Pronto nos pusimos en marcha, pero lo primero es lo primero, llenar el buche. Un típico restaurante chino (pero de China China, no el Gran Mundo de la Avenida Zaragoza) y claro todo un choque de sabores al paladar y malabares con los palillos para los recién llegados.

La primera atracción turística fue el templo del cielo. Construido en 1420 fue creado para rogar cosechas en primavera y agradecer frutos en otoño. Es un recinto donde se encuentra el templo redondo dedicado al cielo y hecho totalmente de madera. Con 38 metros de altura se quemó en 1899 y reconstruido en 1900. Hoy día patrimonio de la humanidad y un símbolo de Pekín. Recorrimos los tres principales centros del parque. El templo, el altar de ruegos al cielo y el templo redondo donde hay una pared de eco. Te pones en un lado, otra persona en el extremo opuesto y se puede tener una conversación a baja voz estando a tanta distancia sin necesidad de gritar. Claro que la cantidad de turistas de ese día hacía imposible oír nada excepto berridos del tío que está al lado tuyo intentando comunicarse en vano con su amigo en el otro extremo. Lo mas gracioso del parque es ver cómo se reúnen personas mayores y de mediana edad por todo el recinto haciendo toda clase de actividades diversas pero muy sanas todas ellas. Karaoke, cartas, malabares, dibujos, figuritas y baile. Sobre todo baile para mitigar el austero frío del invierno Pekinés que hacía. Nos quedamos todos con la boca abierta cuando un grupo de mujeres (madre y abuelas seguramente) se daban al placer del baile y al ritmo de los cánticos orientales. SARA ME TIENES QUE MANDAR EL VIDEO PARA QUE LO VEAN ;) Y SE RIAN COMO NOS REIMOS NOSOTROS AL VERLAS.

Minutos después salimos por la puerta al este del parque. Allí estaba Binbin. Mi Jiejie como la suelo llamar cariñosamente. Supongo que todos me habréis oído hablar de Binbin. Toda una dama con todas las letras de la palabra. Educada, honesta, amiga de sus amigos, familiar y mi ángel chino. 5 años habían pasado desde la primera vez que nos conocimos en un viaje juntos a Berlín. Después de tanto tiempo todavía se seguía poniendo tensa cada vez que me acercaba a darle dos castos besos en la mejilla para saludarla. Ella aceptaba que era una tradición occidental lo de darse un beso y lo asumía, pero siempre se ponía nerviosa en este tipo de saludos. Los chinos que no se tocan mucho. Ya ves.

Tras las presentaciones pertinentes del grupo, nos dirigimos a Hou Hai. Un parque detrás de la Ciudad Prohibida donde en verano es lugar de postal para enamorados que se acurrucan en las románticas barcas del lago bordeado por sauces llorones. Para hiperactivos un suelo de hielo en invierno donde poder soltar adrenalina patinando.

Como bordear el lago resultaba algo mas largo decidimos cruzarlo ya que estaba completamente congelado. Nos refugiamos en uno de tantos locales para turistas que rodeaban el lago para calentarnos con un chocolate caliente tan deseado como insípido estaba. Fue un buen momento para charlar y hacer balance del primer día en Pekín. Realmente había cambiado desde la última vez que visité la ciudad. Los juego olímpicos ya quedaban atrás en el tiempo y habían dado paso a una ciudad mucho mas cosmopolita, limpia, ordenada y muy reluciente. Había dejado de ser la caótica sucia y desordenada ciudad la cual estaba lista para enseñar las grandezas de un país que pronto se pondrá a la cabeza del planeta.

Era hora de cenar y aquí venía cuando nos dividimos. Sara y Zhao Lin se fueron al hostal con Slatar a descansar en el agradable salón. Mientras tanto los tres españoles fuimos con Binbin a visitar a una de sus amigas de la universidad, Kuong Kuong. Esta chica me conoció a la semana de pisar China por primera vez. Me abrió las puertas de su casa y literalmente me entregó las llaves de su casa para que cada vez que fuera a Pekín me quedara con ellos como si fuera la mía propia. Gestos así de gente totalmente desconocida me hicieron ver cuan equivocados estamos en España a cerca de los chinos. Se comportaron como unos auténticos padres adoptivos por fin de semana. Yo cogía un tren cada fin de semana y me acogían como si formara parte de la familia. Fue un placer conocerlos. Habían sido papas de una preciosa niña china la cual se asustaba al tenerme cerca. Cada vez que me veía se echaba a llorar. Nunca me habían llamado feo tan descaradamente. David y Nacho tuvieron la ocasión de ver como es realmente una familia china. Llegando a la conclusión de que no hay muchas diferencias en cuanto a lo que conocemos como un hogar.

Kuong Kuong dejó al marido esa noche a cargo de la nena y ella se vino a cenar a con nosotros a uno de mis restaurantes favoritos del barrio. Disfrutado el banquete y una cálida despedida marchamos camino al albergue. Era hora de descansar. Había tenido un gran día de reencuentros y fue perfecto para introducir a mis queridos visitantes a una ciudad milenaria.

Esa noche tocaba descansar ya que al día siguiente teníamos una intensa excursión para visitar uno de los monumentos más importantes en la historia de la humanidad.
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